Nunca se es lo suficientemente mayor para preguntarse: ¿qué quieres ser de mayor?. O como dice el anuncio: ¿y ahora qué?. Esta vida, me he dado cuenta, es un continuo intento-error-acierto-otro intento. Es decir, nos pasamos la vida apostando, perdiendo, volviendolo a intentar, ganando a veces y entonces vuelta a comenzar con otra apuesta. Es decir: nos exponemos constantemente a la derrota. A veces dejas de intentar algo tras varias derrotas y reordenas tu mente para intentar otra cosa, que te llevará al circulo vicioso de derrota-intento-derrota-intento-acierto... Como si la vida fuera un videojuego e intentaras llegar siempre al final.
Esto pasa en todo: en el amor, donde intentamos, fracasamos, volvemos a intentar lo mismo (a veces), acertamos (pocas veces) y una vez acertado te planteas otros retos: seguir amando, amar a otra pesona porque ya has ganado, etcétera.
Cuando te das cuenta de esta realidad te agobias. Porque no sabes que intentar. O porque te das cuenta de que el intento es una mera utopía. O porque no sabes cómo intentar lo que quieres.
Mi vida laboral se puede resumir así.
Hace tiempo Lucía (), una de las personas más brillantes que tengo el placer de conocer, escribió un relato, que aunque su primera idea era titularlo "El Sindrome Novotna" lo tituló de otra manera. El leit-motiv del titulo era la tenista checa Jana Novotna y su miedo constante a ganar. Sobre todo una famosa final de Wimbledon en la que la checa, jugando como nunca, iba aplastando a la megapluscuamperfecta germana Steffi Graff y se vino abajo, de repente, por una bola sin importancia, por una derrota infima que en nada parecía alterar la victoria. Pero ella se vino abajo. Dudó. No se creyó que pudiera ganar. Y perdió.
Al igual que Novotna, creo que en mi vida laboral he tenido miedo a ganar. Pero quizás debería compartir el "sindrome Novotna" con el "síndrome Conchita". Conchita Martinez, quizás una de las tenistas con el talento natural mejor de la historia. Pero... no lo pasaba bien jugando al tenis. Le gustaba el tenis, pero no le gustaba jugar, no le gustaba el ambiente tenístico, la presión.
En mi época, a los 16 años te hacían elegir: ciencias o letras. Desde los ocho años, gracias a mi orgullo, decidí ser matemático. Tengo talento para ello. Y no voy ahora a pecar de falsa modestia: podría haber sido un gran matemático. Todos los profesores me lo decían, los compañeros, incluso los que me odiaban. Pero la realidad es que jamás preparé un examen, que me bastaba con acudir a clase y leerme los apuntes. Me bastaba ello para "aprobar". No me interesaban las notas altas. No me interesaba ganar. Aunque bien es cierto, cuando perdía, es decir, cuando no sacaba la mejor nota, me sentía herido porque sabía que yo era mejor que eso. Por no hablar del rebote conmigo mismo que sufría cuando suspendía (tres o cuatro veces en toda mi vida). Pero todo ese sufrimiento y rebote, ese daño a mi orgullo no me hacía esforzarme.
Siempre me gustó escribir, leer y el cine y la televisión. Cuando tenía seis o siete años haciamos obras de teatro con mis hermanas y mi prima Edelmira (si, así se llama mi prima, mi tía, mi abuela y muchas "miembras" de mi familia). Como era el único chico tenía todos los papeles masculinos, desde el rey hasta el principe encantador que se convertía en rana, porque a la princesa le gustaban las ranas y no los principes rubios y de ojos azules. Evidentemente las historias las escribiamos entre nosotros, sobre todo mi hermana mayor y yo. Esa historia de la princesa que buscaba ranas entre los principes maravillosos es mía. Con siete años, sí. Tuvo exito y todo. Representabamos en la calle, en los bajos de un hotel abandonado. Venía mucha gente del barrio. Los barrios de antes en los que no hacia falta carteles, sino el boca-oreja. Nunca vinieron mis padres, siempre trabajando, deslomándose para que no pasaramos lo que ellos habían pasado. Siempre he odiado las tiendas de mis padres, que nos los quitaban, no permitían una comunicación padres-hijos, sino que veíamos trabajo, trabajo y trabajo.
Cuando pasó la universidad decidí hacer varios cursos de teatros, y me lo pasé genial, pero no tenía ganas (siempre me he considerado demasiado viejo para algo, o demasiado inadecuado: cuando salía y me emborrachaba, me sentía diferente y ridiculo respecto a los demás, incluso cuando me he enrrolado con alguien en un bar me he sentido así: diferente y peor, ridiculo, fuera de mi lugar). Hice teatro y lo dejé para venir a currar a Madrid.
Empecé en una empresa llamada DMR (ahora Everis). Una consultora informática. Soy consultor. Pero no sé definir qué es consultor. Diez años después solo puedo decir que ser consultor es hacer aquello que te pidan en un entorno informático, desde programar, analizar programas, gestionar equipo, gestionar cliente, participar en propuestas a clientes, etcétera.
Trabajé como un burro en DMR, no conocía a nadie en Madrid y dos años después solo conocía a gente de mi curro, y no tenía buenas experiencias. No me gustaba el ambiente, me sentía de otro sitio. El ambiente era excesivamente... como decirlo... ¿clasista?. A mi me gustaba leer e ir al cine, me gustaba hablar de teatro y televisión. Y me gustaban los tios. Al final de ese trabajo empecé a entrar en Internet. San Internet, patrón de los diferentes, raros, excluidos. Que hace que te encuentres en tu lugar, buscando bien.
Me metí en Getronics, luego en otras empresas del sector. Y siempre ha sido igual: nunca he aceptado puestos de responsabilidad, siempre he sido contestatario y siempre me he sentido fuera de lugar.
Siempre he pensado que deberia hacer otras cosas, que tengo otras capacidades. Pero... soy extremadamente bueno en mi trabajo, responsable, organizado, transmito claridad y calidad. Pero me aburro. Me aburro mucho.
No se que quiero ser de mayor, de "más mayor". Quiero hacer otras cosas, quiero aprovechar el talento para organizar trabajos (mi mayor talento), para realizar estrategias para conseguir un objetivo, para... uff, para muchas otras cosas, incluso mi talento para hacer reir y para hacer pensar.
Pero nunca he sabido donde acudir, cómo hacerlo. Por otra parte está el miedo. El miedo a fracasar no. El miedo a no tener nada. La inseguridad incluso económica que siempre me han inculcado.
El sindrome Conchita : ser muy bueno en algo a lo que no te gusta jugar, y el sindrome Novotna, el miedo a ganar, el miedo a ascender (quizas unido al otro puesto que ascender en algo que no me gusta siempre lo he considerado atarme a algo que no me gusta).
Y a veces pienso: intento y fracaso mil veces porque en verdad no me interesa el triunfo y porque , también, no se otra forma de intentar algo que me guste. No se lo que me gusta siquiera. Y sigo esperando a que vengan a verme actuar en los bajos del hotel sin avisar a nadie, sin llamar a ninguna puerta. Pensando que la vida es mi barrio, de mi pueblo. Y que la gente al final querrá a la rana y no al principe azul.
No, no es que no sepa lo que valgo, ni lo que puedo llegar a valer. Es que no quiero valer eso. No quiero que me quieran por lo que me quieren. No quiero que se fijen en mis ojos azules. Ni en mi inteligencia o en mi gracia (si la tengo). Soy inteligente, tengo sentido del humor y tengo unos ojos azules de la ostia. Soy bueno en mi curro, un gran consultor, un gran jefe de proyecto y de equipo, que se estar duro cuando hay que estarlo y se comprender las necesidades de la gente y del proyecto y actuar en consecuencia.
Pero no quiero que me quieran por eso.
No se qué quiero que quieran de mí.
Y a veces me pregunto: ¿y si esto no ha sido solo en lo laboral?. Y si he actuado en lo personal así.
No me lo pregunto.
Lo asiento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)